Fe y Espiritualidad

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15/11/2018

COMENTARIO AL EVANGELIO DESDE FUERA DEL ARMARIO. DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO. 11 de Noviembre de 2018

Marcos 12, 38-44

HUMILDAD FRENTE A VANIDAD

Hay algo -un sentimiento, un efecto- que notaba cuando estaba dentro del armario y que se mantuvo una vez salí de él, incluso se prolonga hasta ahora. Es la misma sensación que, seguramente, vivía con resignada naturalidad la viuda que nos presenta el evangelista, la misma percepción de ser invisible, de sentirse alguien perfectamente descartable.
La viuda en realidad entra en el recinto del Templo como un fantasma. Es muy probable que nadie se fijara en ella, mezclada entre los últimos de la sociedad. No llamaba la atención de nadie el hecho de que echara solo dos monedas del menor valor al cofre de las ofrendas, porque no se esperaba más de alguien así. Era una mujer invisible. Invisible para todos excepto para Jesús, que sabe ver más profundo de lo que perciben los ojos de quienes allí estaban. Es entonces cuando explica que esos dos reales valen mucho más que cualquier fortuna que los poderosos pudieran depositar en aquel lugar.

Pero el relato del evangelio empieza con una advertencia sobre los dirigentes religiosos. Jesús es muy duro describiendo sus comportamientos. Por eso choca tanto el texto de Marcos, porque sitúa en un espejo discordante al poder religioso que actúa con fatuidad y arrogancia, frente a una mujer que obra desde la generosidad y la humildad.

La viuda tuvo totalmente asumido que estaba muy por debajo de los Maestros de la Ley. Como yo, estando aún en el armario, había aceptado sumisamente situarme muy por detrás de los que manejaban la religión e interpretaban a Dios mismo. El discurso de Jesús refiriéndose a la clase religiosa podría pronunciarse
 hoy mismo en cualquier foro, firmado por algún teólogo valiente, y más de uno en palacios, despachos y conventos se sentiría ofendido, quedando en evidencia. Aunque es natural que Jesús no se refiriese a todas las personas que ostentaban el poder del Templo. Habría a buen seguro quienes eran coherentes y fieles a la Ley. Igualmente, durante mis años escondido en el ropero, hubo personas de Iglesia que me parecieron hombres buenos con quienes, si hubiese sido capaz, podría haberme sincerado y me habrían ayudado de forma valiente. Como de hecho me demostró alguno de ellos cuando me decidí a salir del armario. O me han demostrado otros con su sensibilidad y su valentía pese a su posición comprometida. Y aún así, incluso con la experiencia de acompañamiento de esos buenos pastores que no se escandalizaron con mis cosas, esa sensación de pertenecer a los últimos no se me iba.

La lectura del evangelio de Marcos me hace recordar las imágenes de un Cardenal español portando una larga capa, recogida en volandas metros atrás por dos acólitos, camino del trono donde presidió la toma de posesión de su cargo en una ciudad de nuestro país. Y me venían a la memoria las habituales declaraciones ofensivas y obscenas de esa persona hacia el colectivo LGBT. Está claro que las palabras de Jesús parecen dirigidas a ese tipo de Maestros de la Ley que viven con mayor pasión la observancia de la tradición que el crear comunidad. Ante este estilo de poder religioso sigo sintiéndome un cero a la izquierda, y siento rubor al creer que soy -somos- como la viuda que, para hacer Iglesia, echa en el cofre todo lo que tiene, mientras esos depositan de lo que les sobra y aún así alardean. Siento rubor porque la viuda me lleva mucha ventaja en desprendimiento y, sobre todo, en confianza absoluta en Dios.

De todo esto que hierve en la oración de hoy, surgen dos reflexiones. La primera, que siendo cierto que aún hay una parte importante del poder religioso que se aferra a la tradición y la doctrina, anteponiéndolo todo por encima del mensaje liberador del Evangelio, es verdad que cada vez surgen más personas de entre los que forman ese poder religioso que trabajan con otro talante, con una actitud conciliadora e inclusiva. El discurso de Jesús advirtiéndonos de cómo actúan los Maestros de la Ley tiene plena vigencia hoy, pero es honesto reconocer que el Espíritu de Dios actúa transformando corazones de piedra en corazones que se encarnan.
Y la segunda reflexión: Es cierto que -rubores aparte- las personas LGBT cristianas tenemos mucho de aquella viuda, pues ciertamente damos de lo que no nos sobra para hacer Iglesia y crear una comunidad donde quepamos todas y donde todos podamos desarrollar nuestros dones en igualdad. Por lo mismo, es necesario que adoptemos como nuestra la disposición agradecida de la viuda, que actúa en silencio, en honda relación directa con el Creador, confiadamente, generosamente. Solo desde ahí, desde esa subversiva manera de intimar con Dios, podremos las mujeres y los hombres LGBT creyentes liberarnos del resentimiento y seremos capaces de perdonar a manos llenas.

Antonio C.
Comunidad Ichthys, Cristian@s LGBT+H de Sevilla