Fe y Espiritualidad

Tree
15/11/2018

COMENTARIO AL EVANGELIO DESDE FUERA DEL ARMARIO. DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO. 28 de Octubre de 2018

Marcos 10, 46-52

Mi armario, como tantos otros, era un lugar oscuro. Tan oscuro que perdí la vista a fuerza de no ver la luz. Desde muy pequeño estuve tan preocupado por esconderme y aparentar lo que no era que, acostumbrado a las tinieblas, me olvidé de ver. En el armario no hay claridad. No hay ventanas abiertas al sol ni a la esperanza. No hay nadie con quien compartir ni tan siquiera la angustia, ni la soledad, ni el miedo, ni las dudas, ni los sueños.
Pero no dejé de estar cerca de Dios. No era mérito mío sino del Padre, conservarme la fe pese a tantos inconvenientes, tantas dudas, tanto miedo. Es terrible pasar tanto tiempo temiendo, sólo por ser diferente, sentir diferente o amar de otra forma distinta a lo habitual.

El hombre ciego del relato era una persona despreciada, sobre la que cargaban tanto la tradición como la religión, atribuyéndole castigos divinos y abrumándole con prejuicios y recelos. Puede que Bartimeo no fuera capaz de ver a Jesús pero lo ansiaba, deseaba estar cerca de Él. Confiaba tanto en que sólo Jesús podía aliviarle, y su fe era tan fuerte y firme, que no dudó en buscarle hasta que consiguió acercarse lo suficiente. Entonces Jesús escuchó sus gritos suplicándole poder ver.
De alguna manera la historia del hijo de Timeo me conmueve porque su actitud de búsqueda de Dios se asemeja a la de muchas personas LGBT creyentes que conozco y también a mi propia experiencia.

Durante un tiempo fui incapaz de ver a Jesús, porque me sentía abandonado por Él, anhelaba con todas mis fuerzas poder encontrarlo, poder contarle y pedirle lo que para el ciego era su mayor deseo -“Maestro, que recobre la vista”-, pero que yo pronunciaba con otras palabras (aunque las mismas) una y otra vez: “Señor, evítame este dolor, por favor, hazme ‘normal’”.
La ceguera, pues, no era inconveniente para mantener viva la fe. No recuerdo en mi vida ningún instante en el que realmente la fe se apagara totalmente. Ni siquiera en los momentos de largo desierto poco antes de salir del armario. Tan solo con dieciséis años la ceguera era tan perceptible y dolorosa y tanta la sensación de soledad, que empujé a Dios a un lado e intenté quitarme la vida. Pero cuando regresé, aún sin poder verlo todavía, sabía que estaba ahí cerca.

Gritar insistentemente al borde del camino hasta que por fin Jesús atiende nuestro ruego no es más que depositar toda nuestra confianza y abandonarnos en Él, optar con pleno convencimiento por Él como único Salvador, porque tenemos la seguridad de que es quien da total sentido a nuestra vida.
Y en el minuto en que Jesús pregunta “¿qué quieres que haga por ti?”, el tiempo se para, todo se hace nuevo y la vida se transforma.

La fe de Bartimeo es tan inquebrantable, tan sólida, que no duda en ponerse al pie del sendero y gritar tan fuerte como puede para que el Señor se fije en Él. Ahí olvida que es un marginado, hace caso omiso a las murmuraciones, ni siquiera tiene capacidad para saber con certeza si Jesús está cerca o lejos, si hay mucha gente que lo tape o no. Solo espera y confía.

Igualmente las personas LGBT creyentes somos como este ciego: nos ponemos ante Jesús sin importarnos las circunstancias, ni qué dirán o rumorearán. Esperamos y confiamos en el Señor porque es el único que puede hacernos ver en plenitud. Nuestra fe es fuerte porque ha superado muchos obstáculos, y eso la hace ser un don apreciado e irrenunciable.
Y, una vez libres de la ceguera, lo que hoy por hoy Jesús nos pide es que seamos personas misericordiosas, justas, valientes, dispuestas a perdonar, a dar incluso antes de recibir.
No somos víctimas ni pedimos cuentas. Tan solo somos el ciego del camino, que ha recobrado la luz.

Antonio Cosías
Comunidad Ichthys, Cristian@s lgbt+h de Sevilla
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